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Hace dieciséis años, durante los días 2, 3 y 4 de diciembre de 1992, se dieron cita en Oviedo dieciséis poetas para hablar de poesía y recitar sus poemas.

César Antonio Molina, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, Ana Rossetti, Luis Antonio de Villena, Juan Luis Panero, Luis García Montero, Concha García, Jordi Virallonga, Almudena Guzmán, Jon Juaristi, Leopoldo Sánchez Torre, Luis Muñoz, José Luis Piquero, y Vicente Gallego fueron los escritores convocados.

Todos ellos, junto a otros de sus mismas promociones que no estuvieron en Oviedo, dieron forma al cuarto libro de Los Encuentros, Últimos veinte años de la poesía española. Un repaso a la lírica más reciente, coordinado por Miguel Munárriz.

En él se recogen los debates que tuvieron lugar entre estos poetas invitados y una «breve muestra» de un poema elegido por cada uno de ellos. También una antología, «Las horas contadas», dirigida por Ricardo Labra, en la que participan Jesús Munárriz, Miguel D’ors, Alejandro Duque Amusco, José Luis García Martín, Herme G. Donis, Fernando Beltrán, Alberto Vega, Ramiro Fonte, José María Parreño, Felipe Benítez Reyes, Jorge Riechmann e Immaculada Mengíbar. La antología se completa con reflexiones del quehacer poético de cada uno.

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Miguel Munárriz, el artífice de Los Encuentros, escribió en el prólogo titulado «Oficio del poeta»:

«[…] Últimos veinte años de poesía española es una muestra del momento poético presente. Como podrá leerse en este libro, unos poetas apuestan por una personal meditación interior, por un ahondar en su mundo más recóndito, y otros, tal vez, por una propuesta «civil» comprometida con la realidad social que les rodea. Es, posiblemente, un tiempo de espera por una renovación poética, un tiempo de búsqueda por formas que traigan aires nuevos que añadir a nuestra importante tradición. Son, en cualquier caso, buenos tiempos para la lírica siquiera por la cantidad de poetas, porque ya se sabe que, de entre todo lo que hoy existe, el tiempo dejará escapar el agua para que el oro sedimente bien en el cedazo».

Y Ricardo Labra, en la presentación de la antología «Las horas contadas», lo que sigue:

«[…] Quizás en ninguna otra promoción literaria como ésta, se haya buscado con mayor empeño —más aún que en la generación o grupo del 50— la complicidad, el guiño fraternal, con el posible lector. Lo que parece que lleva a esta poesía, cada vez más, a «entrometerse» o «encarnarse» en los acontecimientos puntuales que invaden la cotidianidad, a no permanecer indiferente ante el acontecer humano. Para ello, y a través de elaborados personajes poemáticos que visten el ropaje de nuestros días e incorporan la voz —auténticos álter ego— del autor, intentan transmitir ciertos valores morales y éticos, una manera de ser, de estar, de permanecer, ante las construcciones y convencionalismos sociales, el sentido de la amistad, la relación amorosa o las leyes inapelables de la vida, como el paso del tiempo.

Son autores que huyen en sus textos poéticos de la irracionalidad, que desarrollan una poesía que responde y está gobernada por criterios lógicos, hecha a partir de un cierto distanciamiento escéptico —signo de nuestros días— y en todo momento bajo el dominio tutelar de la inteligencia. Que saben, que todo libro de poemas acaba siempre en las manos adecuadas.

Puede que al final de su producción poética los autores de esta tendencia literaria se encuentren, como en el cuento de Borges, ante su propio rostro. Y nosotros en él, nuestras emociones e interrogantes; las horas contadas de nuestro tiempo».

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Las reflexiones de «Las horas contadas» fueron solicitadas por Ricardo Labra a cada participante «a través de cinco preguntas formuladas» acerca del método, motivaciones, impresiones sobre la evolución de la poesía, consideraciones teóricas y reflexión introductoria a la propia obra.

Transcribimos las de Alberto Vega:

1. No debo hablar de método de trabajo porque, para mí, escribir poemas no supone una ocupación, sino más bien una pre-ocupación. Cuando un primer borrador llega al papel ya tiene vocación de poema que el tiempo y las revisiones periódicas se encargan de «cerrar». De igual modo, a partir de un buen número de poemas en ciernes y de otros desechados, ellos mismos aportan los indicios y las pistas necesarias para transcrecer y conformarse en libro o colección de poemas.

2. Hay que dar por supuesto que una obra poética no se desarrolla únicamente tras una manera de sentir la literatura, sino —acaso y sobre todo— de sentir la vida. Me dicen más (y no es ninguna pose) algunas líneas cantadas de Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez o Joaquín Sabina que todos los Guillenes, Aleixandres o Rafaeles que son y han sido. En cuanto a mis versos, creo que me colmaría el hecho de que «pudieran ser leídos / en noches como ésta / por gente como yo».

3. El poeta únicamente debería encontrarse inmerso en un personal e intransferible proceso de creación. Sospecho que hay otras gentes llamadas a colocar etiquetas y establecer rasgos comunes o diferenciales entre su hacer y el de otros. Son las mismas gentes las que supongo tengan impresiones sistematizadas sobre la evolución poética de los últimos veinticinco años o las últimas veinticinco décadas.

4. La poesía puede ser, en ocasiones, un objeto lingüístico de contemplación estética, una forma de comunicación, un singular método de conocimiento y —no por el contrario, sino además de— responder, en otros casos, a un buen número de distintos planteamientos. Ante asunto tan complejo, uno escribe y se describe entre la intuición y la mímesis (más o menos asumida), pero con escasa consideración a la teórica esa.

5. Dije en alguna ocasión, antes de dar título a uno de mis libros, que —consciente o inconscientemente— siempre se escribe para matar el Tiempo. Yo no lo conseguí ni creo lo consiga jamás, pero me consta —porque releo algunas noches poemas de quien fui— que algunas líneas certeras, emponzoñadas de cosas fáciles y verdaderas, lo han convocado de nuevo, entregado por unos instantes, aunque un tanto maltrecho.

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Últimos veinte años de la poesía española. Un repaso a la lírica más reciente
• 1993
• 22 x 28 cm, 224 páginas.
• 1.000 ejemplares.
Edita: Ayuntamiento de Oviedo
• Coordinación: Miguel Munárriz
• ISBN: 84-606-1596-0

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Durante los días 7 y 8 de noviembre de 1997 se celebró en Oviedo un importantísimo homenaje a Ángel González. Lo organizó la entonces entusiasta directiva de la asociación cultural Tribuna Ciudadana, formada, entre otros, por José Galán, Covadonga Bertrand, Adolfo Galán y presidida por Manuel Herrero, bajo la batuta de Ricardo Labra. Sus artífices dieron en llamar a este evento Ángel González en la generación del 50. Diálogo con los poetas de la experiencia.

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«Subí con curioso entusiasmo, como siempre, hacia el altillo poético de la librería Ojanguren, uno de esos días en los que Lloviedo hace honor a su nombre más íntimo, y unos minutos después aquel tranquilo orbayo exterior se había transformado en un brusco, radiante y desapacible aguacero.

Abrir libros al azar tuvo siempre ese riesgo. Y un culpable esta vez con nombre y título en mis manos. Un desconocido Alberto Vega y un Memoria de la noche en el que creí encontrar la confirmación de que algo distinto estaba empezando a ocurrir en el panorama poético de aquellos primeros años ochenta. Por eso, lo desapacible de pronto del día en su sentido más literal. En su sentido más hermoso, más poético también. Unos versos que agitaban el corazón de aquel lector al azar.

Veinticinco años después, o un siglo después, o tanto tiempo después, a secas, y que cada uno ponga aquí la medida, el armario o las ventanas de sus cuartos crecientes, aquel autor alcanza su particular Plenilunio al reunirse ahora en un tomo imprescindible la totalidad de una obra que vararía después de aquella inicial Memoria, en títulos tan emblemáticos como Cuaderno de la ciudad, La luz usada o Historia de un nudo, por citar tan sólo tres desapacibles vetas de una obra cuyos títulos sirven por sí solos para intuir la fuerza ámbar y la verde o roja intemperie sucesiva de un poeta de la ciudad y para la ciudad, entendida ésta, por supuesto, en su sentido más simbólico e interior. O sea, el de la vida misma. Ese semáforo roto.

Porque Alberto Vega, poeta desde la experiencia más viva, poeta entrometido hasta las entrañas más profundas de todas aquellas superficies —grandes y pequeñas— que habitó con los ojos abiertos de sus palabras, habló siempre en sus versos de las cosas que pasan y los días que no ocurren, consciente de que no hay realidad sin imaginación, ni sueño remoto que no pueda viajar sentado de pronto en el asiento de al lado del tren o el autobús de cada mañana.

Que todos estos versos lo sean ahora a título póstumo, porque Alberto Vega (Langreo, 1956-2006) se viera abocado a encender antes de tiempo el largo cigarrillo de la muerte, es tan sólo un dato biográfico más, ajeno por entero a una columna que sólo lo será en esta ocasión, como aquel primer día, de llovida y radiante celebración porque los versos de uno de los poetas esenciales de los últimos tiempos están ahora a nuestro alcance en esta cuidadísima edición confeccionada con mimo y exigencia por sus amigos poetas del grupo Luna de Abajo —Miguel Munárriz, Ricardo Labra, Noelí Puente y Helios Pandiella— y porque el corazón de seres irrepetibles como Alberto Vega puede pararse, pero nunca muere…»

Fernando Beltrán

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↑Presentación de la tercera edición corregida y aumentada de Guía para un encuentro con Ángel González, en el Club Prensa Asturiana de La Nueva España (Oviedo). Esta presentación formó parte del programa de actos de las jornadas Ángel González en la generación del 50. Diálogo con los poetas de la experiencia que Tribuna Ciudadana de Oviedo organizó los días 7 y 8 de noviembre de 1997. De izquierda a derecha, Noelí Puente, Alberto Vega, Ángel González, Ricardo Labra, Miguel Munárriz, Helios Pandiella y Fernando Beltrán. Arriba, Fernando Beltrán en primer plano, abre el acto. Abajo, Alberto Vega en un momento de su intervención. (Fotografías: Luisma Murias)

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↑Beltrán, Aute, oficiando la Misa Poética, y Munárriz en la Capilla de los Dolores de Grado

Ayer, 28 de septiembre, día en que Ibarreche lanzó su desafío secesionista anunciando un referéndum (perdón por la excrecencia), nos dirigimos a Grado a ver a Luis Eduardo Aute. Este artista tiene en su haber un puñado de canciones memorables para nuestra generación, además de una importante trayectoria pictórica. El acto se desarrolló en la Capilla de los Dolores, organizado por el Aula de las Metáforas Fernando Beltrán.

Qué mejor marco para albergar este acto que el de una capilla restaurada en 1986 como sala polivalente destinada a exposiciones, obras de teatro, conciertos y lecturas poéticas. Esta construcción de carácter eclesiástico ha sido rehabilitada de nuevo para el culto. No el religioso, por supuesto, sino el que con una función análoga se profesa al Arte, la Música, la Poesía…

Un Luis Eduardo Aute encantador, natural, accesible, ayudado por Fernando Beltrán, fervoroso creyente de la Orden de la Poesía y el laico Miguel Munárriz, colaborador de esa Orden en el ámbito de la prosa, leyó a la feligresía devota y entregada un buen número de poemigas, como él gusta nombrar a las propuestas audiovisuales de su animaLhada.

Poechistes, también cabría decir, pues la línea que separa al chiste de la poesía, y no digamos desde las vanguardias hasta hoy, es en numerosos casos muy difusa, casi inexistente, no sólo en los poemas de Aute (no se entienda como crítica, al contrario). El júbilo de los asistentes manifestado con sus risas tras cada «poemiga» leído, fue prueba irrefutable de que Aute logró con éxito el objetivo poético y estético de suscitar una emoción en el oyente y hacerlo partícipe de su juego.

Así que, finalizada la ceremonia Litúrgica de la Palabra Poética, todos salimos purificados.

Al menos, que nos salve la poesía. Y si es con humor, mejor.

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Luna de abajo número seis (1991-1992)

Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, Luis García Montero, Fernando Beltrán, Felipe Benítez Reyes, Pere Rovira, Álvaro Salvador, Ramiro Fonte, Luis Eduardo Aute, Miguel Rojo, Jorge Edwards, Juan Cruz Ruiz, Martín Casariego, Mariano Arias y Paco Ignacio Taibo I.

Fotografías de Ana Muller, Nieto y Miguel Rojo.

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«[…] ¿Qué es lo que un autor de poesía pretende hacer con su obra, con su empeño literario? Es una pregunta tópica por recurrente, que los escritores conocemos muy bien porque se nos suele formular con cierta frecuencia. En cambio, a nadie se le ocurriría preguntar a un actor o un cantante: ¿y usted qué pretende hacer con su canción o con su trabajo teatral? […]»

(Jaime Gil de Biedma, pág. 11)

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• 17 x 24 cm, 208 páginas.
• Impreso a una y dos tintas.
• Tirada: 500 ejemplares.
• [Agotado]

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Luna de abajo número 1/7. «Cinco tonos para una generación» (1998):

Fernando Beltrán, Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, José María Parreño y Alberto Vega.

Compuesto con el tipo Sabon, diseñado en 1965 por Jan Tschichold.

Tschichold, que en su juventud había sido un entusiasta divulgador de la estética de la Bauhaus, recupera, con el paso de los años, el interés por la tradición tipográfica y aborda con eficacia este proyecto que le proponen desarrollar un grupo de impresores alemanes. Para ello, basándose en la familia Garamond, diseñó un tipo que constituyó un hito en el diseño tipográfico contemporáneo, pues lo hizo para ser utilizado con la composición manual, con la monotipia, la linotipia y, conforme avanzaba el proyecto, la fotocomposición. Un resultado al que se puede aplicar el principio de Stanley Morison de que un buen diseño tipográfico debe ser invisible.

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Jan Tschichold formó parte en Alemania del Círculo de los Nuevos Diseñadores Publicitarios en 1927, entre cuyos fundadores se encontraba el dadaísta Kurt Schwitters, convertido en diseñador gráfico profesional, —la sociedad de esta época ya empezaba a demandar un grafismo publicitario renovado y las aparentemente caóticas provocaciones dadaístas aportaron, paradójicamente, en su aspecto gráfico, nuevas pautas publicitarias que grandes firmas comerciales supieron aprovechar—.

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En 1926 fue designado por Paul Renner —el creador de la Futura— para enseñar tipografía y rotulación en Munich —es en este tiempo cuando publica Die Neue Typographie (1928)—, hasta que los nazis lo acusan de crear una tipografía antigermana. Forzado a abandonar Alemania, en 1933 se refugia en Suiza, donde ejerce como profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Basilea.

En 1935 publica Typographische Gestaltung (La creación tipográfica), uno de sus libros más importantes, con otra apreciación detallada sobre los principios del diseño tipográfico y en el que admite también un lugar para la tipografía simétrica o clásica, polemizando con muchos de sus seguidores.

En 1946 es invitado por la editorial Penguin Books a desarrollar el diseño de su colección de bolsillo. Durante tres años, Tschichold diseña para esa editorial más de 500 libros.

Sabon (1965) es su última obra importante, su único tipo producido comercialmente.

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• 16,5 x 24 cm, 32 páginas.
• Impreso a cuatricromía.
• Tirada: 500 ejemplares.
• [Agotado]

• Premio Motiva de 1999, en la categoría Diseño Editorial. Publicaciones periódicas.

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Bibliografía:
Premios Motiva 99 (catálogo), Oviedo, Asociación de Diseñadores Gráficos de Asturias (AGA), 2000, pág. 14.

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Luna de abajo número 2/7. «Poesía y pintura» (1999):

José Hierro, Manuel Herrero, Fernando Beltrán, Luis Alberto de Cuenca y Luis Antonio de Villena.

• Composiciones caligráficas de dos poemas de Ángel González por Lázaro Enríquez e ilustraciones de Elías y Antonio Acebal.

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La poesía está inmersa en cada una de las experiencias y de los procesos humanos, en nuestra relación simbólica con el tiempo, también en la más prosaica, señalada por la cotidianeidad. Perfilar el perímetro de la poesía, establecer sus contornos, podría conducirnos al último rincón de la memoria.

A las relaciones que se pueden considerar como evidentes, «poesía y teatro», «poesía y cine», habría que ir añadiendo otras cada vez más sutiles «poesía y poder», «poesía y democracia», o aquellas de índole más íntima, de marcado acento subjetivo, «poesía y soledad», «poesía y pasión», e incluso las aparentemente paradójicas, «poesía y lenguaje matemático», «poesía y ciencia»; la enumeración podría ser incesante. Quizás, porque nuestro conocimiento de lo que entendemos por realidad, tanto física como emocional, material como temporal, está basado en la analogía, la contradicción, la paradoja, la sinécdoque, la metáfora… Sustancia que no esencia de lo poético.

Pocas expresiones artísticas, si exceptuamos a la música, mantienen una relación tan rica y compleja con la poesía como la pintura, aun tratándose de dos artes tan distintas en lo que se refiere a sus medios de expresión y modos de percepción.

Decía Leonardo da Vinci que la pintura debía ser considerada «hermana de la música»; pienso que no resulta arriesgado trasladar este paralelismo a la poesía, que también está hermanada con la pintura, ya que la pintura se ha servido de la poesía para elaborar interesantes propuestas estéticas, y no digamos a la inversa. Sólo hace falta contemplar los numerosos movimientos poéticos y pictóricos de este siglo, buena prueba de las estrechas interrelaciones que existen entre los dos territorios creativos.

La pintura es un arte espacial; la poesía, un arte temporal. Muchos son los pintores que han intentado vencer el límite preciso de su frontera creativa para acercarse a la dimensión temporal de la literatura, cargando de acentos la materia de sus cuadros. En el caso de los poetas, por llevarlo a un extremo, el ideal sería alcanzar la metáfora en la que estén implícitas todas las demás; es decir, alcanzar el símbolo primordial, el grafismo cargado de profunda significación y, al mismo tiempo, de esencialidad espacial.

Dos orillas creativas, dos ángulos que tratan de iluminar el mosaico en el que estamos inmersos; hay cuadros que tenemos la impresión de haber leído y poemas que en nuestra memoria permanecen representados como un lienzo.

Ricardo Labra (Langreo, marzo de 1999)

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• Compuesto con la familia tipográfica Mrs Eaves, diseñada por Zuzana Licko de Emigre, en 1996.

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En el cuadernillo Mrs Eaves editado por Emigre en 1996, Zuzana Licko nos cuenta las razones que le indujeron a diseñar el tipo Mrs Eaves. A Zuzana siempre le había sorprendido la gran diferencia existente entre el diseño de un tipo impreso tipográficamente y el obtenido mediante fotocomposición del mismo diseño tipográfico; no tanto por las diferencias obvias entre medios tecnológicos diferentes, como por la falta de viveza obtenida por el sistema de la fotocomposición, aún a pesar de haber logrado una gran perfección en el aprovechamiento del espacio.

La renovación digital propagó el desarrollo en esa dirección, la de perfeccionar las mejoras técnicas logradas por la fotocomposición, al mismo tiempo que, según ella, reducidos los inconvenientes mecánicos, potenciaría la libertad expresiva y variedad de interpretaciones en la formación de los tipos basados en los del pasado. Y lo reflexiona, resucitando un «viejo favorito», pero desafiando el común método reduccionista de interpretar a los clásicos.

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(↑El cuaderno Mrs Eaves abierto. Hacer click para aumentar)

Manifiesta sentirse muy atraída por Baskerville e identificada con él, por haber sido muy criticada su obra tipográfica en su vida y posteriormente. Cita algunos textos, como el de D. B. Updike, en su libro Printing types (1922): «Por lo que vemos en las hojas impresas de Baskerville, las fuentes parecen muy perfectas, y sin embargo, en cierto modo, no tienen nada del sencillo encanto de la letra de Caslon. Es cierto que los tipos tientan a la vista. Los coetáneos de Baskerville, que también pensaban así, lo atribuían a su papel satinado y a su densa tinta negra. ¿Era este el defecto real? la dificultad era, supongo yo, que en sus diseños de tipos, la mano del experto en escritura se traicionaba a sí mismo al hacerlos demasiado iguales, demasiado perfectos, demasiado ‘elegantes’, y por eso atraían demasiado aparente y artificialmente, con una especie de refinamiento afectado, estéril.», e incide en su tesis de que los tipos legibles lo son por los hábitos de los lectores aferrados por la exposición repetida de determinados tipos, hábitos que cambian cada cierto tiempo.

El tipo Baskerville es de los denominados de transición por sus contrastes entre los trazos gruesos y finos —pocos años más tarde estos contrastes los desarrollaría Bodoni de manera más radical—, y ha sido asimilado como un tipo clásico de texto, a pesar de la vehemencia crítica con que se le trató.

No obstante, Zuzana Licko se plantea el reto de explorar un sendero no recorrido. El tipo Baskerville podía ser nuevo en su época gracias al desarrollo de las tecnologías de impresión y de fabricación de papel y su reto estaba motivado por el desarrollo de papeles más suaves y blancos, así como de una tinta de imprimir negra intensa. Pero lo que Zuzana ha intentado retener del tipo Baskerville es su claridad y ligereza, reduciendo el contraste, dibujando los caracteres de caja baja con una proporción más ancha que los de caja alta, y reduciendo la altura de la «x» con respecto a éstos. Por eso Mrs Eaves tiene el aspecto de un cuerpo menor que las minúsculas de las figuras tipográficas corrientes. Es su interpretación de la legible Baskerville.

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Luna de abajo número 2/7. «Poesía y pintura» (1999)
• 16,5 x 24 cm, 32 páginas.
• Impreso a cuatricromía.
• Tirada: 1.000 ejemplares.
• [Agotado]

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• Premio Motiva de 1999, en la categoría Diseño Editorial. Publicaciones periódicas.

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Bibliografía:
Premios Motiva 99, Oviedo, Asociación de Diseñadores Gráficos de Asturias (AGA), catálogo, 2000, pág. 14.

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